Ayer, al salir del trabajo, me encontré con Enrique, un amigo de esos de toda la vida, Entramos en un bar cercano a
tomar un café, hacía al menos seis meses que no
nos veíamos, así que le pregunté qué era de su
vida. Me habló, entre otras cosas, de su nuevo trabajo y de su familia, pero sobre todo, de lo que más me habló fue del
tiempo, mejor dicho, del “no tener tiempo”. Estuvimos
poco más de media hora sentados en aquella cafetería, no paró de mirar el reloj de su muñeca, en algún momento, casi me sentí violenta, como si le estuviera retrasando en
alguna cosa importante. Al final como supondréis, nos despedimos de aquellas maneras en la
escalera de un autobús urbano. Durante la charla, estas fueron algunas de sus
frases:
"Un café
rapidito, no tengo mucho tiempo".
"Me han regalado
un libro, lo leeré cuando tenga tiempo".
"Leo las cosas
por encima, no puedo malgastar el tiempo".
“No tengo tiempo ni
para ver una película”.
"Vale, de
acuerdo, tú puedes perder el tiempo, yo no".
"Perdona, te llamaré, ahora tengo que coger ese autobús".
Cuando me acosté, se me vino a la cabeza el encuentro con Enrique, soy de esas
personas que pasadas unas horas le vuelven a la memoria algunas de las cosas
que le han ocurrido durante el día, una especie de revivir lo importante para analizarlo más
detenidamente, conversaciones, encuentros, lo que he visto…. Así que pensando
en lo que me dijo, sentí que no coincidía con él en
muchas cosas.
Yo, últimamente siento que el tiempo es quien me pertenece en lugar de
ser yo su prisionera, he aprendido que si bien no hay
que malgastarlo, tampoco ser su esclava es la
solución a nada. Hace tiempo ya que descubrí que podemos
empeñarnos en correr más que el reloj, pero aun así, el día, seguirá teniendo veinticuatro horas. He
llegado a la conclusión de que el tiempo no se pierde por escuchar lo que un
amigo nos cuenta cuando está preocupado, o cuando le va bien y está contento. Que
quedarse embobada mirando una puesta de sol, es más importante que echarle una carrera al
día, que nada es comparable a una noche
de estrellas en la que Chet Baker nos regala una balada desde un viejo vinilo. Que
el amor y la amistad no los define el tiempo, sino las ganas.
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Así pues, he decidido por unanimidad conmigo
misma decretar: que el tiempo tiene, simplemente, la importancia que yo quiera
darle. Por lo que, esta norma es de obligado cumplimiento, para mí y para todo aquél que pase
por mi vida en cualquiera de las formas posibles.
Soledad.
Sin tiempo ni fecha.