Llevo
días escuchando a todo el mundo hablar sobre la “ transparencia”, como soy de las
que les gusta llevar las cosas a la altura de lo que pisan sus zapatos, lejos
de las nubes en las que se empeñan en andar otros, me pregunto por qué nos resulta tan
difícil ser transparentes a los seres humanos. Tenemos la falsa convicción de que ser transparente es
simplemente ser mínimamente sinceros, como mucho, no engañar demasiado a los demás.
Pero si lo pensáramos más de tres
segundos nos daríamos cuenta de que ser transparente es mucho más que eso, y de
que ahí empieza lo verdaderamente complicado del asunto.
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Si
nos pusiéramos a añadir actitudes y valores, descubriríamos que ser transparente
es, entre otras mil cosas, tener el valor
de exponerse a la crítica y al juicio de los demás, significa ser y mostrarse frágil, sencillo y sensitivo cuando la
situación lo requiere, ser capaz de gritar y de decir lo que sentimos, sin
falsos disimulos y pese a quien pese. Ser transparente es, sin duda, desnudar
nuestro ser, entregar el alma a una causa justa. Ser transparente es, al final, dejar que caigan las caretas y las máscaras
para mostrarnos “a pelo”, tal cual somos, sin armas que nos defiendan ni pesados
muros que oculten la realidad, tu realidad, la de todos. Es, ante todo,
permitir que florezca en nosotros y en todo lo que tenemos alrededor la
sinceridad y la cordura.

Pero
ser transparente es arriesgado, y por desgracia, casi siempre, preferimos ocultar
todo lo que suene mínimamente a fragilidad, a emociones, a sentimientos, a
verdad… Así tratamos de evitar la sobre-exposición a las miradas impertinentes
de los demás, a las de aquellos que pretenden adentrarse en nuestra (protegida)
realidad, en nuestro ser más verdadero. Preferimos, sin duda, tapar los
sentimientos a reconocer que tenemos miedo, y así, acabamos ahogándonos cada
vez más en falsas palabras, actitudes inquietantes, o vidas vacías.
Con
el pasar de los años, sufrimos, nos sentimos solos, inmensamente tristes, y
lloramos (o deberíamos hacerlo) muchas noches en la soledad de nuestro cuarto, antes
de dormir. Porque, aprendimos desde niños, que es mejor atacar, acusar,
criticar… Porque aprendimos que ser transparente es ser débil, es ser tonto, es
ser menos que el otro.
Sugiero
pues, que tratemos de no atraer el lamento, de no contener la risa, de no
esconder tanto nuestros miedos, y de no querer parecer tan invencibles…, cuando
no lo somos. Que aprendamos a no controlar tanto, a no competir por todo, a ser
un poquito más felices aunque sea expuestos a la opinión y al juicio de los
demás… Será duro, estoy segura, pero con el tiempo seremos más felices y sobre
todo mejores personas.