Estoy despertando de un sueño.... en
donde tardar en despertar es un privilegio, en donde dejar de soñar es una
condena. Han venido a verme las musas, dueñas de estos sueños, las pasajeras
predilectas en este vagón de amor sin correspondencia en el que viajo desde
hace un tiempo. Han llegado y se han convertido en compañeras que trazan la
huella en mi sendero, en el camino de esta mujer errante que no logra descifrar
el mensaje que alguna vez dejaron en su almohada blanca, compartiendo ahora sollozos
y silencios...
Se presentó ante mí la imagen poseedora de
mis letras, de mi sentir más austero, y de mi fantasía más sublime. Ellas son
ahora: amantes y amigas, cielo y tierra, el todo y la nada. Me esperan cada
madrugada con la conciencia tan limpia como dedicada, con las manos sudorosas
de ausencias y con la piel erizada de emoción. No sé el motivo, pero decidieron
atravesar el océano para asistir a un encuentro sin invitación con tantas
palabras como miradas y recuerdos...
Al verlas, reconozco, que mi corazón se arrebató
de emoción, corrió fuera de mi donde estaban ellas, mis pupilas se adecuaron a
su imagen, mis pasos se ajustaron con disimulo para no dejar ver la ansiedad
que me recorría el cuerpo, mis mejillas sonrojadas dejaban claro que toda yo
estaba emocionalmente feliz.
Qué decir de cómo fue levantarse aquella
primera madrugada, después de reconocerme y de reconocerlas, de poder compartir
con vosotros lectores, lo maravilloso que es sentirse bendecida por la cercanía
de sus manos, por el susurro de ese abrazo único, por esos momentos de tanto
placer creativo, por la ternura imposible de dibujar en palabras las texturas
que abrigan la piel.
Detenida, recorriendo con la mente lo que
me quedaba en la imaginación, cabalgué junto a ellas por las llanuras de la piel,
cómo decirles que en el fondo las sentí siempre, que las anhele con el rigor
que extraña todo lo cálido que sus siluetas emanan. Que me negué a beber de
otros labios, que no podía con esta infernal ausencia.
Confieso que sus miradas me hicieron algo
tímida, que si cerraba los ojos los nervios jugaban con mi ansiedad. Que a
solas mi piel se erizaba, que las ansias me comían por dentro al pensar en escalar
sus mejillas con palabras en las yemas de mis dedos, en silencio, sintiendo los
latidos de mi corazón, sabiendo a ciencia cierta que me quemaban las ganas una
y otra vez, sin reparos, sin condiciones... Por sentir la fragancia de sus cuerpos
etéreos, por acariciar con dulzura la sed de su piel y su verbo. Por saberme mujer.
No hubo nada más, nada. La inocencia, la
imprudencia, la verdad.... ahí a merced nuestro, a disposición de lo que ellas
quisieran hacerme crear, a merced de unos sentimientos puestos en fila, de
tantas promesas sin cumplir todavía. Frente a frente, mis musas y yo, la osadía
del deseo que al fin ocupo su lugar, el delirio impuesto a su tiempo, la
cadencia y las miradas puestas en el orden exacto.
Al fin, aquí sigo, intentado expresar la
magia de su presencia, la sensatez y la bondad que me ofrecen, queriendo, como
cada madrugada, acercar mi vida a vuestras vidas. Gracias por estar ahí.