Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces
existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que
hace
un instante, en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor
su forma
continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad
de la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus
límites se rehace.
Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios, delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce
exterioridad nos
llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su
acabado pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma
reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de
nuestro amor, que
allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde
amarilla caldea sin
celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y
saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.