"Amor mío, amor mío.

Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo".

Vicente Aleixandre.

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miércoles, 24 de abril de 2013

La imagen de nuestras palabras.



Estoy pensando que no hay tanta diferencia entre hablar y mirar. Decimos que vale más una imagen que mil palabras, rebuscamos en nuestra cabeza para encontrar esa frase original, elegante, perfecta que describa el momento que estamos viviendo, lo que sentimos junto a alguien especial, o un paisaje que sólo nosotros hemos podido contemplar. Y siempre, aún sin pretenderlo, pensamos como si de una fotografía se tratara. Descubrimos, casi sin querer, que las imágenes son otra forma de poesía, que sustituyen en nuestro cerebro a lo que no sabemos, no podemos o no queremos expresar, que no hay tanta diferencia entre un instante perpetuo y unas palabras más o menos ordenadas, porque ambas cosas pueden llegar a transmitir lo mismo.

Me gustan los abrazos, esos que sin querer me hacen cerrar los ojos al tiempo que me roban una sonrisa que no sabía que tenía entre los labios. Haced una pequeña prueba, pensad en ese abrazo, ese que tanto nos gusta, ese abrazo cargado de cariño y de ternura, ahora tratad de describirlo con palabras… A que no desaparece la imagen de sus brazos rodeándoos el cuello. Sin duda la imaginación nos permite dar rienda suelta al deseo, y así, sentir profundamente lo que evoca una imagen, hasta ser capaces de expresarlo con palabras. Y es este poder el que hace que nos demos cuenta de que nadie puede dañar nuestros sueños, que en ellos siempre habrá caminos que se entrecrucen con la realidad para hacerla más llevadera.

Así pues, un poema, se convierte en una forma de mirar, de capturar un instante, un breve estado de éxtasis, donde nuestra óptica personal dialoga con ese preciso momento, ese en el que la mente se sirve de lo que hemos visto antes para crear un trazo continuo, a partir de una perspectiva basada en la memoria, en la historia, en los sentimientos o en la captura accidental de un segundo, que no es sino el producto más esencial del espíritu del ser humano. Y no hace falta analizarlo mucho más, simplemente dejarse llevar, y que la explosión de las palabras se refleje en una respuesta a tanta belleza derramada, a ese abrazo, a ese instante frente a un paisaje o junto a alguien especial…

La estrecha relación entre escribir un poema y sacar una fotografía hace que cada lector establezca inconscientemente una especie de revelado natural de cada verso. Cuando se escribe un poema, al igual que cuando se toma una fotografía, existe una especie de paralelismo entre lo que buscamos y lo fortuito, lo que queremos expresar y lo que el lector o el espectador acaba entendiendo. El poema que declara y alude, la imagen que desnuda y detalla. Nada de esto es realmente tangible, es más como un visillo que deja entrever una ventana a nuestro interior, a un nuevo día. Tomar una fotografía o escribir un verso convierte un instante en algo perpetuo, en algo nuestro.


sábado, 6 de abril de 2013

Transparentes...



Llevo días escuchando a todo el mundo hablar sobre la “ transparencia”, como soy de las que les gusta llevar las cosas a la altura de lo que pisan sus zapatos, lejos de las nubes en las que se empeñan en andar otros, me pregunto por qué nos resulta tan difícil ser transparentes a los seres humanos. Tenemos la falsa  convicción de que ser transparente es simplemente ser mínimamente sinceros, como mucho, no engañar demasiado a los demás. Pero si lo pensáramos  más de tres segundos nos daríamos cuenta de que ser transparente es mucho más que eso, y de que ahí empieza lo verdaderamente complicado del asunto.

Si nos pusiéramos a añadir actitudes y valores, descubriríamos que ser transparente es, entre otras mil cosas,  tener el valor de exponerse a la crítica y al juicio de los demás, significa ser y mostrarse  frágil, sencillo y sensitivo cuando la situación lo requiere, ser capaz de gritar y de decir lo que sentimos, sin falsos disimulos y pese a quien pese. Ser transparente es, sin duda, desnudar nuestro ser, entregar el alma a una causa justa. Ser transparente es, al final,  dejar que caigan las caretas y las máscaras para mostrarnos “a pelo”, tal cual somos, sin armas que nos defiendan ni pesados muros que oculten la realidad, tu realidad, la de todos. Es, ante todo, permitir que florezca en nosotros y en todo lo que tenemos alrededor la sinceridad y la cordura.

Pero ser transparente es arriesgado, y por desgracia, casi siempre, preferimos ocultar todo lo que suene mínimamente a fragilidad, a emociones, a sentimientos, a verdad… Así tratamos de evitar la sobre-exposición a las miradas impertinentes de los demás, a las de aquellos que pretenden adentrarse en nuestra (protegida) realidad, en nuestro ser más verdadero. Preferimos, sin duda, tapar los sentimientos a reconocer que tenemos miedo, y así, acabamos ahogándonos cada vez más en falsas palabras, actitudes inquietantes, o vidas vacías.

Con el pasar de los años, sufrimos, nos sentimos solos, inmensamente tristes, y lloramos (o deberíamos hacerlo) muchas noches en la soledad de nuestro cuarto, antes de dormir. Porque, aprendimos desde niños, que es mejor atacar, acusar, criticar… Porque aprendimos que ser transparente es ser débil, es ser tonto, es ser menos que el otro.

Sugiero pues, que tratemos de no atraer el lamento, de no contener la risa, de no esconder tanto nuestros miedos, y de no querer parecer tan invencibles…, cuando no lo somos. Que aprendamos a no controlar tanto, a no competir por todo, a ser un poquito más felices aunque sea expuestos a la opinión y al juicio de los demás… Será duro, estoy segura, pero con el tiempo seremos más felices y sobre todo mejores personas.

martes, 19 de marzo de 2013

Pequeña entrada del “Día del Padre”


He de reconocer que todavía, a pesar del tiempo que ha pasado, que sigue pasando, se me hace muy difícil hablar de él. No es que no me acuerde, que no le añore, que no piense en él, al contrario, más de una vez me reconozco hablando en mi interior como si le tuviera a mi lado, o pensando en si lo que hago, como vivo, qué decisiones tomo, le gustarán, si sentirá orgullo de lo que ve o por el contrario le afectarán los fracasos que a veces yo siento.

No soy de lágrima fácil, y creo que lo demostré aquella tarde frente a su cuerpo inerte. Todavía no he sido capaz de echar una lágrima, y no por no sentir lo que pasó, o por no echarle en falta. Siempre me dijeron que lo guardaba todo dentro, y creo que tienen razón. Hasta escribir estas cuatro líneas me está costando más de lo que debería. ¡¡¡ Esta maldita coraza interior…!!! No soy fuerte, tampoco insensible, solo una persona extraña en cuestión de demostrar los afectos, y así me va…

Estoy dejando llevar mi mente sin ponerle muchas trabas en cuanto a lo “literario”, pues siento que si me entretengo en pensar cómo decirlo, más bien cómo escribirlo, mi mente se parará en seco y no saldrá una gota más de este dolor que llevo dentro. No sé siquiera si hago bien en exponer todo esto aquí, al alcance de todos, ni si servirá de algo, pero como este blog fue concebido como terapia, aquí queda.

¡¡¡Papá te echo de menos!!!

viernes, 1 de marzo de 2013

"Acta, non verba"



“Hechos, no palabras” Pienso que es una filosofía adecuada para relacionarnos los unos con los otros en este mundo traidor, ¿no? Tipos de relaciones hay muchos: de amistad, laborales, afectivas, familiares…, y en líneas generales, creo que en todas ellas hay que seguir unas determinadas pautas, ¿eso qué quiere decir?, pues principalmente, conseguir  que tu cabeza no esté dando vueltas y vueltas recordándote cómo deberías haber actuado o qué tendrías que haber hecho, pero ante todo, ser capaz de que tu conciencia esté tranquila al finalizar el día.

Como es lógico, a veces lo conseguimos y a veces no; muchas, simplemente somos demasiado obstinados y creemos que nuestra postura es la más adecuada, y probablemente la única correcta. Pero si en un conflicto las dos partes creen tener la razón, habrá un choque, nadie creerá que el otro pueda tener algo que decir, nadie querrá ceder parte de su “verdad” (y a la vez parte de uno mismo). No nos engañemos, esto es así casi siempre, pero lo cierto, al menos lo más cercano a la verdad, es que rara vez hay una única opción, que casi nunca se tiene la razón al completo, la verdad absoluta. Ante un conflicto solemos perder la perspectiva y sólo vemos nuestro lado del asunto, y pocas veces nos ponemos bajo la perspectiva del otro. Por triste que suene, la empatía empieza a ser un bien en desuso.

Somos seres egoístas por naturaleza, afán de supervivencia diría yo, solemos creer que nuestros problemas son los más importantes, los únicos merecedores de la compasión del mundo, obviamos las voces que gritan a nuestro alrededor, y así nos va. Si dejáramos de mirar nuestro ombligo por un momento, si escucháramos de vez en cuando, nos daríamos cuenta de que probablemente tendemos a exagerar un poco todo lo relacionado con nosotros mismos. Y es que, en el fondo, saber escuchar es un arte y requiere de cierta experiencia y entrenamiento, pero cuando se consigue, es tan gratificante…

Todos somos piezas importantes en el teatro de la vida, y a veces contar tus cosas a otro puede cambiar la forma de interpretar tu vida, darle un enfoque diferente o simplemente encontrar otra forma de priorizar problemas y soluciones. Por todo esto, cuando tienes un amigo que es capaz de escucharte, al que hablas sin tapujos, y con quien compartes tus problemas pues te comprende, debes cuidarlo, casi mimarlo, porque estoy segura de que será una pieza importante en tu vida. Por lo general jamás te dirá qué tienes que hacer, incluso a veces ni siquiera lo que quieres oír, tal vez te orientará, te encauzará o te dará otra perspectiva de tus problemas. Y a partir de ahí, actúa, no tengas reparos en hacer lo que creas más adecuado para que tu conciencia duerma tranquila una noche más, no por egoísmo sino por responsabilidad.


martes, 19 de febrero de 2013

Sin tiempo ni fecha



Ayer, al salir del trabajo, me encontré con Enrique, un amigo de esos de toda la vida, Entramos en un bar cercano a tomar un café, hacía al menos seis meses que no nos veíamos, así que le pregunté qué era de su vida. Me habló, entre otras cosas, de su nuevo trabajo y de su familia, pero sobre todo, de lo que más me habló fue del tiempo, mejor dicho, del “no tener tiempo”. Estuvimos poco más de media hora sentados en aquella cafetería, no paró de mirar el reloj de su muñeca, en algún momento, casi me sentí violenta, como si le estuviera retrasando en alguna cosa importante. Al final como supondréis, nos despedimos de aquellas maneras en la escalera de un autobús urbano. Durante la charla, estas fueron algunas de sus frases:

"Un café rapidito, no tengo mucho tiempo". 
"Me han regalado un libro, lo leeré cuando tenga tiempo". 
"Leo las cosas por encima, no puedo malgastar el tiempo". 
“No tengo tiempo ni para ver una película”.
"Vale, de acuerdo, tú puedes perder el tiempo, yo no". 
"Perdona, te llamaré, ahora tengo que coger ese autobús". 

Cuando me acosté, se me vino a la cabeza el encuentro con Enrique, soy de esas personas que pasadas unas horas le vuelven a la memoria algunas de las cosas que le han ocurrido durante el día, una especie de revivir lo importante para analizarlo más detenidamente, conversaciones, encuentros, lo que he visto…. Así que pensando en lo que me dijo, sentí que no coincidía con él en muchas cosas.

Yo, últimamente siento que el tiempo es quien me pertenece en lugar de ser yo su prisionera, he aprendido que si bien no hay que malgastarlo, tampoco ser su esclava es la solución a nada. Hace tiempo ya que descubrí que podemos empeñarnos en correr más que el reloj, pero aun así, el día, seguirá teniendo veinticuatro horas. He llegado a la conclusión de que el tiempo no se pierde por escuchar lo que un amigo nos cuenta cuando está preocupado, o cuando le va bien y está contento. Que quedarse embobada mirando una puesta de sol, es más importante que echarle una carrera al día, que nada es comparable a una noche de estrellas en la que Chet Baker nos regala una balada desde un viejo vinilo. Que el amor y la amistad no los define el tiempo, sino las ganas.

Así pues, he decidido por unanimidad conmigo misma decretar: que el tiempo tiene, simplemente, la importancia que yo quiera darle. Por lo que, esta norma es de obligado cumplimiento, para mí y para todo aquél que pase por mi vida en cualquiera de las formas posibles.




                                                                                                                                                                                                                                 Soledad.

Sin tiempo ni fecha.

domingo, 10 de febrero de 2013

Antes de que llegue la medianoche




Hoy estoy de suerte, estoy contenta, he conseguido dormir casi seis horas seguidas, todo un récord para mí, así que esta mañana me he despertado realmente emocionada y feliz, y mira que tengo cosas que hacer antes de que el reloj llegue a la medianoche. Pero hoy soy consciente de que tengo responsabilidades que cumplir, que soy importante. Así pues, mi primer trabajo de hoy será escoger qué clase de día quiero tener.


Todos hemos oído alguna vez que conforme uno se hace mayor se va haciendo invisible, que con la edad disminuye nuestro protagonismo en la escena de la vida, o sea, que nos volvemos casi imperceptibles para un mundo en el que sólo cabe el poder, la sangre nueva y el ímpetu de la juventud. Y dentro de estos parámetros, yo muchas veces le he dado vueltas a que no tuve la suerte de nacer en una familia de esas con “posibles”, pero lo cierto es que siempre he sido consciente de lo que mis padres, pesé a todos los problemas e inconvenientes, fueron capaces de darme con sus pocos medios: una familia, tres comidas diarias, cariño, educación, valores…, y lo que con mi esfuerzo y empeño fui consiguiendo por mí misma.

Y es que aunque todo esto pueda ser verdad, que todo depende en gran parte de la suerte y de cómo te vaya en la vida, también lo es que para lograrlo hay que tener fe, valor y confianza en nuestra capacidad, pensar en positivo, y sobre todo saber que uno es importante en la vida. A esta hora de la mañana, puedo quejarme porque el día ha salido lluvioso, o puedo agradecer algo tan sencillo como que no tendré que regar las macetas de mi terraza. Hoy puedo sentirme triste porque ando justa de dinero, o puedo estar contenta de que así no compraré cosas innecesarias. Puedo maldecir de mi precaria salud, o puedo poner más empeño en recuperarme y salir adelante.

Así que a menos que tengas otros planes para hoy, puedes lamentarte de que tu rosal tenga espinas o felicitarte porque te ofrece sus rosas. ¡Qué tengas  un gran día...!






domingo, 3 de febrero de 2013

Como tengo ganas y tiempo...





Es invierno, quizá ésta sea la época del año que más invita a la  introspección y al análisis, a esa especie de recogimiento interior, ese aprovechar el frío para vaciar de los cajones las viejas fotos, los calcetines con tomates y aquellos pantalones tan monos que estuvieron de moda hace años. Es la época ideal para dejar espacios libres y limpios, para hacer hueco a lo nuevo, que sin duda, está por llegar. Es  tiempo también para la pereza y el letargo, para que se peguen las sábanas los fines de semana, para mirar por la ventana el paso de las nubes y la lluvia tras los cristales. Es el instante ideal para disfrutar un libro entre las manos y de un chocolate con churros para merendar...

Estaba necesitada de hacer limpieza interior: tirar algunos pensamientos no deseados y lavar algunos recuerdos que estaban ya medio oxidados.  Así que saqué aquellos que ya no uso y los que no quiero ya. También tiré a la papelera algunos sueños, algunas ilusiones, papeles de regalo que nunca usé, sonrisas que nunca di. Tiré a la basura la rabia y el rencor de las flores marchitas que estaban dentro de un libro que nunca leí… Como tenía tiempo y ganas, busqué mis sonrisas futuras y mis pretendidas alegrías y las coloqué sobre una estantería ordenadas por sueños. Coloqué en los estantes de abajo algunos recuerdos de la infancia, en los de encima los de mi juventud y bien colgado en frente, puse mi capacidad de amar, la fuerza de recomenzar, y luego pasé un paño por el estante de mis metas y las dejé a la vista para no olvidarlas.

Cogí las palabras de rabia y de dolor que estaban en el estante superior, pues la verdad, ya casi ni las uso, y las tiré a la basura en ese mismo instante. Otras cosas que aún me hieren, las coloqué en un cajón para después ver qué  hacer con ellas, si las guardo para aprender en un futuro o las olvido y también las tiro a la basura. Del armario del desván saqué todo y lo fui tirando al suelo: pasiones escondidas, deseos reprimidos, palabras horribles que nunca hubiera querido decir, heridas que causé a algún amigo, recuerdos de un día triste…

Arrojé directo al cubo los restos de un amor que me hirió. Rebuscando también encontré en una vieja maleta olvidada aquella luna de color de plata, esa puesta de sol que vimos juntos, el amor, la alegría, las sonrisas, un dedito de fe para los momentos que más la necesito. Recogí con cariño el amor encontrado, doblé ordenaditos los deseos, coloqué perfume en la esperanza, y me senté en el suelo para poder escoger algo para llevar siempre en el bolso. 

Es invierno, es tiempo de limpieza y puesta al día, pero sobre todo es el momento ideal para hacer acopio de la energía necesaria para derrochar en primavera.


lunes, 28 de enero de 2013

Tal como hoy, pero bajo otro cielo


Recuerdo que eran como las ocho de la mañana y con una alegría poco común en mí, le pedí al camarero un café cortado y un croissant. Tomé el periódico y me puse a ojearlo tranquilamente, todo lo que pasaba en el mundo era "relativamente" normal, nada que pudiera sorprenderme más de lo habitual.
    
De pronto, mis ojos se pusieron a llorar, así sin motivo aparente. Sola y en medio del salón, rodeada de ancianos que dormitaban en los rincones, de eternos madrugadores de “sol y sombra” y humeante puro, lloré sin sentido ni razón justificable. Sé que aquel fue un sentimiento abrumador. Que me invadió una repentina nostalgia, que una extraña sensación de soledad me inundó, e hizo que me temblara el cuerpo y el alma, desbordándome en un peculiar estado de ánimo que no llegaba a entender. Fue como caer en un abismo sin fondo, así, de repente, sin previo aviso.

Ahora, cuando recuerdo aquella mañana, cuando revivo mentalmente aquella angustia, soy plenamente consciente de los motivos que llevaron a mi mente a ese estado casi catatónico. Hoy, con el paso de los años, apenas si puedo recordar tu rostro, ya no sé si lo que guarda mi memoria es la realidad de tu mirada o una extraña fantasía que he creado y perfeccionado día tras día, año tras año. Ya no sé si después de tanto pensarte y modificarte, tal vez no seas ni parecido a la fotografía mental que de vez en cuando vuelve a mi cabeza.

Y sé, que como todo en la vida, el tiempo terminará difuminando la luz de tu mirada en mi memoria, que sólo en aquellas tardes de lluvia, como esta tarde, te acercarás a mi mente y tus ojos me traerán recuerdos y nostalgias. Será tal como hoy, pero bajo otro cielo, ese en el que las noches no se acaban cuando sale el sol, ese en el que son capaces de existir amores imposibles, casi platónicos, y sonrisas de ala ancha al borde de la luna. No me juzgues, entonces era mucho más joven.

sábado, 26 de enero de 2013

Despues del amor - Vicente Aleixandre












Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace
un instante, en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites se rehace.
Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios, delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

sábado, 19 de enero de 2013

Sin perder de vista la causa


A veces tenemos que sacar la rabia que llevamos dentro, cómo sea, pero echarla fuera. Necesitamos demostrar que sigue corriendo sangre por nuestras venas, que pese al sufrimiento diario y las necesidades pasadas, a las ausencias, los recuerdos y el cotidiano afán, que aun contando con las caricias presentes y futuras, todavía tenemos ese puntito de rabia contra lo que no comprendemos, contra lo que sentimos injusto, contra lo no deseado…

Y es esta rabia, unas veces incontrolada y otras fábrica de tantas lágrimas, la razón por la que seguimos vivos, el motivo por el que seguimos alerta, quizá también el porqué de nuestra lucha diaria. Y la tomamos con todo aquel al que creemos culpable, da igual si es o no de nuestro entorno, si pertenece a nuestras más legitimas creencias o dejamos de creer en él hace años. Se convierte en el objeto de nuestra indignación con o sin razón para ello.

También es verdad que a veces nos abandonaríamos ante lo incomprensible, es cierto que muchas veces deseamos tirar todo por la borda, pero no lo es menos que seguimos teniendo siempre alguien por quien luchar, aunque a veces no nos sintamos correspondidos o no encontremos suficientes motivos para hacerlo. Si en algo debemos diferenciarnos, es en la capacidad de hacer las cosas porque son justas, aunque no haya recompensa.

No se trata de emplear todas nuestras fuerzas en las causas perdidas del mundo, sino más bien de todo lo contrario, emplear nuestro mundo sin perder de vista la causa.

lunes, 7 de enero de 2013

Pensamientos de una mañana




Ahí estoy yo. Soy esa que está sentada frente al balcón de su casa. Estoy en una butaca, un sillón de esos orejeros, mirando hacia la luz con los ojos entornados, y pensando en todo lo que viví en el pasado y lo que vivo en el presente. Aunque acabamos de estrenar el invierno hace un día luminoso y el sol me entrega toda su tibieza sobre en el rostro, agradecida recito una especie de oración interior con gesto de placer. Son más de las doce del mediodía, tengo una copa de Rioja en la mano y unos frutos secos sobre una mesita junto a la butaca, no tengo prisa, hoy tengo todo el tiempo del mundo.

Con el sabor intenso del vino en mi boca, pienso con serenidad en mí, en cómo me encuentro ahora, en si estará escrito mi destino en algún tipo de registro, en mis ratos, pocos, como el de ahora, esos momentos en los que soy capaz de parar el mundo que hay a mi alrededor y sosegar mis pensamientos. Pienso también en mi futuro más próximo, pero no como si estuviera revisando mi agenda, sino más bien como forma de procesar lo bueno y malo que en él pudiera haber, una especie de balance previo. De la calle, se cuela el bullicio que hay a estas horas, aunque en realidad está muy lejos de mis pensamientos y apenas percibo un ligero ruido de fondo, monótono y casi mecánico, parecido a una máquina que nunca descansara.


Ahora dejo volar mi mente. Siguiendo el hilo de mis pensamientos me traslado a aquellas mañanas en casa de mis padres, en la que la vista era un hermoso jardín rodeado de árboles que a nosotras nos parecía que trataban de llegar al cielo. Pero sobre todo, recuerdo, unos eucaliptos gigantes que se mecían en el horizonte, acunados por aquel viento siempre presente, yo los miraba y sentía como ellos escuchaban mi silencio. Con la vista fija en el horizonte todo acababa desenfocándose, y los árboles y yo nos hacíamos efímeros y partícipes de una liturgia común. Aquellas mañanas habían sido reveladoras de la certeza del paraíso que se esconde a veces en la soledad. 

También recuerdo algunas noches, que fueron la expresión más sencilla de la felicidad, cuando me tumbaba junto a mi hermana en el jardín a mirar las estrellas y conversar durante horas sobre las constelaciones, sobre los sueños que viajaban por el océano de aquella oscuridad infinita.

De regreso al aquí, sigo frente al balcón con mi copa en la mano, es como una pequeña parada en el ahora para comprobar la realidad antes de que mi mente me devuelva al pasado, al instante en que entré en esta casa por primera vez. No sé los motivos por los que algo o alguien participa de tu destino, en una especie de movimiento del orden matemático, y cómo eso me condujo hasta aquí, cómo en una tarde sin historia, acabé visitando esta casa que en pocos días se convertiría en parte de mi vida. Y es que, aunque desconozco las verdaderas estrategias por las que el devenir me ha colocado en esta suerte, pienso, ilusa de mí, que tal vez me serán desveladas en un futuro cercano.

Este recuerdo tan próximo me hace meditar sobre la nostalgia que parece preñar estas reflexiones, siento cierta melancolía de una pureza cristalina, e imagino un estanque de aguas claras en el que se mecen estos momentos de plenitud mientras yo me sumerjo junto a ellos. De alguna forma, disfruto imaginando que en algún lugar hay algo, un hecho significativo con el poder suficiente para acercarme a mi propio entendimiento.

Por eso, construir historias con recuerdos se ha convertido en uno de mis pasatiempos favoritos, en ellas soy capaz de viajar a mis mundos, y para mí son tan reales que los puedo tocar con la libertad de ser mi propia alquimista. Ahora, desde mi sillón, con los ojos entornados todavía y saboreando el último sorbo de mi copa de vino, me vienen a la memoria unas palabras del poeta romántico John Keats que dejo como epílogo a esta mañana cálida de invierno que he pasado junto a mí misma.

“La belleza es verdad y la verdad belleza… Nada más se sabe en esta tierra y nada más hace falta.”